Cómo ayudar a tu hijo a gestionar la ira

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La ira y las rabietas o crisis emocionales en los niños pequeños, especialmente en los menores de 7 a 9 años, son algo normal e incluso saludable para un niño. Es importante que los niños puedan experimentar todas las emociones. Vivir estas emociones difíciles les ayuda a desarrollar la capacidad de identificar sus emociones y también inicia el proceso de adquisición de habilidades para regularlas. Cuando los niños son pequeños, la parte de su cerebro que controla las emociones está más desarrollada que la parte dedicada al pensamiento. Por eso es más probable que los niños tengan una rabieta por algo que a un adulto no le supondría ningún problema. Lo primero que conviene hacer es intentar comprender qué puede haber detrás de esa ira. Muchos terapeutas se refieren a la ira como una emoción secundaria, lo que significa que es solo la punta del iceberg y que probablemente haya otras emociones subyacentes. Por ejemplo, cuando tu hijo se enfada mucho por no poder ir a casa de un amigo, es probable que bajo la superficie haya decepción, tristeza y tal vez incluso cierta preocupación sobre si volverá a ser invitado o no. Además, en el caso de los niños con TDAH, la falta de atención y la impulsividad con las que lucha su cerebro hacen que les resulte mucho más fácil tener arrebatos emocionales y rabietas más intensas en comparación con un niño que no padece TDAH. A continuación te ofrecemos algunos consejos que pueden resultarte útiles a la hora de abordar la ira con tu hijo:

Ayúdalos a identificar y gestionar los posibles factores desencadenantes: un ejemplo puede ser si a tu hijo le cuesta mucho adaptarse a los cambios de horario. Repasa con él esta dificultad en momentos de tranquilidad e intenta avisarle con la mayor antelación posible cuando sepas que las cosas van a cambiar. Además, reconocer la posible decepción o enfado puede ser de gran ayuda. Por ejemplo, diciendo: «Entiendo por qué te molesta el cambio de planes, es realmente decepcionante o enfadante». El mero hecho de reconocer ese posible sentimiento ya ayuda a tu hijo a sentirse escuchado.

No cedas y mantén la calma: aunque esto pueda resultar muy difícil en ese momento si tu hijo está muy alterado, a la larga es mejor no darle lo que quiere. Si cedes demasiadas veces, le estás enseñando que puede conseguir lo que quiere haciendo una rabieta. Mantener la calma ayuda a reforzar la idea de que no vas a ceder ante él y le sirve de ejemplo para que vea que es posible mantener la calma cuando está molesto o enfadado. Además, refuerza el comportamiento positivo señalándole a tu hijo cuándo gestiona el enfado o la decepción de forma adecuada, para ayudarle a aprender qué debe hacer.

Utiliza las tres «R»: el Dr. Bruce Perry, un destacado psicólogo infantil especializado en traumas infantiles, recomienda que, cuando los niños estén muy alterados, se utilicen las tres «R»: Relacionarse, Regularse y Razonar. Ya hemos hablado de la primera, que consiste en relacionarse con lo que siente tu hijo. En segundo lugar, ayuda a tu hijo a regularse (a calmarse). No te recomendaría que le dijeras «cálmate», ya que esto suele no hacer más que agravar su comportamiento. En su lugar, realiza con él actividades relajantes o sugiérele actividades que pueda hacer para calmarse. Por ejemplo, puedes decir: «Vamos a empezar a respirar profundamente juntos». O: «Veo que estás enfadado y lo entiendo; podré ayudarte cuando los dos estemos tranquilos. «¿Por qué no dibujamos juntos o dibujas tú solo?». Una vez que se haya calmado, será el momento de razonar y hablar sobre la situación para intentar encontrar una solución. Intentar razonar sobre la situación no funcionará mientras esté alterado, ya que su capacidad de razonamiento no está activa y no llegarás a ninguna parte.

Aplica consecuencias coherentes y adecuadas: intenta que la consecuencia de sus acciones se produzca inmediatamente después del comportamiento, para que tu hijo pueda entender claramente que esa consecuencia se debe a su comportamiento. Por ejemplo, si está molesto y tira cosas porque está enfadado, no le impongas como consecuencia que no pueda ir a casa de un amigo dentro de unos días; en su lugar, quizá podría perder el tiempo de pantalla de esa noche o tener que pasar un rato de reflexión en su habitación. Además, no le des múltiples oportunidades para que tome la decisión correcta. Recuérdale una vez, quizá dos, cuál será la consecuencia si está a punto de infringir una norma, y si la infringe, aplica la consecuencia de inmediato. Lo más importante a la hora de aplicar una consecuencia es ser firme en cada ocasión; la coherencia será clave para ayudarle a aprender con el tiempo cuáles son las formas aceptables de expresar su enfado.

Prepara con ellos un kit de relajación: entre las cosas que podría incluir se encuentran materiales para dibujar o colorear, juguetes antiestrés, peluches, un libro, algo que se pueda romper o destrozar sin problemas (como cartones de huevos viejos) y una lista de ejercicios de respiración profunda y relajación para utilizar.

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